terça-feira, 29 de março de 2016

REGNUM MARIAE Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina


REGNUM MARIAE
COR JESU ADVENIAT REGNUM TUUM, ADVENIAT PER MARIAM! "La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, así podrá llevar todo de nuevo a Dios. Es por esto que es tan importante reconocerla por quien Ella es y someternos por completo a Ella y a su reinado, el cual es todo bondad. Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Inmaculada y a través de Ella para el Sagrado Corazón de Jesús. Por eso nuestro ideal debe ser: influenciar todo nuestro alrededor para ganar almas para la Inmaculada, para que Ella reine en todos los corazones que viven y los que vivirán en el futuro. Para esta misión debemos consagrarnos a la Inmaculada sin límites ni reservas." (San Maximiliano María Kolbe)

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA


CONTACTO:

DOMICILIO SOCIAL DE LA FRATERNIDAD:
Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina
Pazo de La Torre, 12 
36191 - Barro
(Pontevedra) ESPAÑA

CORREO ELECTRÓNICO:
santamariarenet@gmail.com

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CARTA DE VIDA DE LOS MIEMBROS MILITANTES DE LA FRATERNIDAD

FRATERNITAS CHRISTI SACERDOTIS
ET BEATAE MARIAE REGINAE
« Cor Iesu adveniat Regnum tuum per Mariam »

La vocación a vivir conforme a la espiritualidad de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina, y según el estilo de vida que de ella desprende, es un nuevo “paso” del Señor por tu vida. La novedad radica en este “nuevo encuentro” y reiterada “invitación” a que vivas con radicalidad los compromisos adquiridos en el Bautismo y en la Confirmación. Esta fidelidad al Señor y el deseo de corresponder lo más perfectamente posible a los dones recibidos de Él será el objetivo primero de tu vida y el más importante de tus afanes. No temas hacer de ello el centro de tus desvelos porque sin duda alguna ahí te encontrarás con la fuente de la alegría.
La “Carta de Vida” no pretende ser un manual de preceptos, sino más bien una invitación constante a que dejes discurrir tu vida por el Camino a través del cual te conduce e Espíritu Santo que habita en nuestras almas.
La letra sin espíritu no vivifica, no es camino de libertad.


I

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.
Dichosos los que están tristes, porque Dios los consolará.
Dichos los humildes, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios, porque Dios los saciará.
Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.
Dichosos los que tienen un corazón limpio, porque ellos verá a Dios.
Dichosos los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque grande será vuestra recompensa en los cielos, pues así  persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará?. Para nada vale ya, sino para tirarla fuera y que la pisen los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija de barro; sino que se pone sobre el candelero, para que alumbren a todos los que están en la casa. Brilles de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.
 (Mt. 5)


II

“Hermanos ambicionad los carismas mejores y aún os voy a mostrar un camino mejor.
Ya podía yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo caridad, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Ya podría tener el don de predicación y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas, si no tengo caridad, no soy nada.
Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo caridad de nada me sirve.
La caridad es paciente, la caridad des servicial y no tiene envidia; la caridad no presume ni se engríe; no es descortés, no busca lo suyo; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. La caridad no pasa nunca”.
(1 Cor. 13)



VIDA NUEVA EN CRISTO
“…Os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados. Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor. Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados; un solo Señor, una fe, un bautismo; un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.
A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: al subir a lo alto llevó consigo cautivos, repartió dones a los hombres. Eso de “subió” ¿no quiere decir que también bajo a las regiones inferiores de la tierra?. Y es que bajó es el mismo que ha subido a lo alto de los cielos para llenarlo todo. Y fue también Él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores. Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para constituir el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos la plenitud de la talla de Cristo.
Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar por cualquier viento de doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en  el arte del error. Por el contrario, viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia aquél que es la cabeza, Cristo. A Él se debe todo el cuerpo, bien trabado y unido por medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor.
Os digo, pues, y os recomiendo encarecidamente en el nombre del Señor que no viváis como viven los no creyentes: vacíos de pensamiento, entenebrecida la mente y alejados de la vida de Dios a causa de su ignorancia y su obstinación.
Perdido el sentido moral se han entregado al vicio y se dedican a todo género de impureza y de codicia. ¡No es eso lo que vosotros habéis aprendido de Cristo!. Porque supongo que habéis oído hablar de Él y que, en conformidad con la auténtica doctrina de Jesús, se os enseño como cristianos a renunciar a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas.
De este modo os renováis espiritualmente y os revestís del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa.
Por tanto, desterrad la mentira; que cada uno diga la verdad a su prójimo, ya que somos miembros los unos de los otros. Si os dejáis llevar de la ira, que no sea hasta el punto de pecar y que vuestro enojo no dure más allá de la puesta de sol.
Y no deis al diablo oportunidad alguna. El ladrón, que no robe más, sino que procure trabajar honradamente, para poder ayudar al que está necesitado. Que no salgan de vuestra boca palabras groseras; si algo decís, que sea bueno, oportuno, constructivo y provechoso para los que os oyen. Y no causéis tristeza al Espíritu Santo de Dios, que es como un sello impreso en vosotros para distinguiros el día de la liberación. Que desaparezca de entre vosotros toda agresividad, rencor, ira, indignación, injurias y toda suerte de maldad.
Sed más bien bondadosos y compasivos los unos con los otros, y perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado por medio de Cristo.
Sed, pues, imitadores de Dios como hijos suyos muy queridos. Y haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios.
En cuanto a la injuria o a cualquier clase de impureza o avaricia, que ni siquiera se nombren entre vosotros, pues así corresponde a creyentes. Y lo mismo hay que decir de las palabras torpes y las conversaciones estúpidas o indecentes que están fuera de lugar. Ocupaos más bien en dar gracias a Dios. Porque habéis de saber que ningún lujurioso o avaro –que es como si fuera idólatra- tendrá parte en la herencia del reino de Cristo y de Dios.
Que nadie os seduzca con razonamientos vanos; son precisamente estas cosas las que encienden la ira de Dios contra los hombres rebeldes. No os hagáis, pues, cómplices suyos. En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Portaos como hijos de la luz, cuyo fruto es la bondad, la rectitud y la verdad. Buscad lo que agrada al Señor y no toméis parte en las cosas vanas de quienes pertenecen al reino de las tinieblas; al contrario desenmascaradlas, pues lo que esos hacen en secreto, hasta decirlo da vergüenza. Pero cuando todo eso ha sido desenmascarado por la luz, queda al descubierto; y lo que queda al descubierto es a su vez luz. Por eso se dice:
Despierta, tú que duermes,
Levántate de entre los muertos
Y te iluminará Cristo.
Poned, pues, atención en comportaros no como necios, sino como sabios, aprovechando el momento presente, porque corren malos tiempos. Por lo mismo, no seáis insensatos, antes bien, tratad de descubrir cuál es la voluntad del Señor. Tampoco os emborrachéis, pues el vino fomenta la lujuria. Al contrario, llenaos del Espíritu, y recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados. Cantad y tocad para el Señor con todo vuestro corazón, y dad continuamente gracias a Dios Padre por todas las cosas en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo. Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor; pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y al mismo tiempo salvador del cuerpo, que es la Iglesia. Y como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla a Dios, purificándola con por medio del agua y la palabra. Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e inmaculada. Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama; pues nadie tiene odia a su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida como hace  Cristo con su Iglesia, que es cuerpo, del cual nosotros somos sus miembros.
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse a  su mujer y llegarán a ser los dos uno sólo.  Gran misterio es éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia. En resumen, que cada uno ame a su mujer como se ama a sí mismo, y que la mujer respete al marido.

Hijos, obedeced a vuestros padres como es justo que lo hagan los creyentes. Honra a tu padre y a tu madre; tal es el primer mandamiento, que lleva consigo una promesa, a saber: para que seas feliz y goces de larga vida en la tierra.
Y vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino educadlos, corregidlos y enseñadles tal como lo haría el Señor.
Revestíos de las armas que os ofrece Dios para que podáis resistir a las asechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, si no contra los principados, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que tienen su morada en un mundo supraterreno. Por eso debéis empuñar las armas que Dios os ofrece, para que podáis resistir en los momentos adversos y superar todas  las dificultades sin ceder terreno. Estad pues, en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad, protegidos con la coraza de la rectitud, bien calzados vuestros pies para anunciar el evangelio de la paz. Tened embrazado en todo momento el escudo de la fe con el que podáis apagar las flechas incendiarias del maligno; usad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.
Vivid en constante oración y súplica guiados por el Espíritu. Y renunciando incluso al sueño para ello, orad con la mayor insistencia por todos los creyentes.
(Ef. 4)



COMPROMISO DEL MILITANTE

Aspira a encarnar en tu estado particular de vida el espíritu de la Fraternidad, viviendo en plenitud los compromisos bautismales, anunciando con tus obras y palabras “la cruz y la muerte del Señor”.

Trata filialmente a la Bienaventurada Virgen María poniendo en Ella plena confianza y procura, mediante la ayuda de la gracia y el trabajo ascético, imitar sus virtudes.

Trabaja incansablemente en la extensión del reinado de Cristo, mediante el reinado de María en las almas, construyendo la fraternidad universal de los hijos de Dios que encuentra su unidad en la Iglesia Católica.

PROCURA GUARDAR TUS DEBERES

a)     Vive habitualmente en Gracia de Dios
b)     Lleva a cabo la consagración a Jesús por María.
c)     Efectúa los compromisos de asociación y austeridad.
d)    Vive el espíritu de obediencia, prestando obediencia interior y exterior al Romano Pontífice, al Obispo de la diócesis y a los superiores de la Fraternidad.

VIDA DE ORACIÓN
“…Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”
(Mt 6, 5-6)

 Al levantarte, después del acto de adoración y de ofrecimiento, realiza las oraciones vocales.

 La Santa Misa diaria será el centro de toda tu vida.

 Honra diariamente a Nuestra Señora con el rezo del Santo Rosario y el Ángelus.

 Cuida con especial esmero la meditación diaria y la lectura espiritual.

 Por la mañana, al mediodía y a la noche, haciendo coincidir una de ellas con la Visita a Jesús Sacramentado, eleva tu corazón al cielo y pide por el Santo Padre y por el Obispo diocesano.

 Confiésate frecuentemente y cuida con responsabilidad de la Dirección espiritual.

 Los viernes del año, exceptuando el Tiempo Pascual, medita el Vía Crucis.

 Asiste al retiro mensual y al anual.

Los sábado renueva la Esclavitud mariana y cada Domingo las Promesas bautismales.

VIDA ASCÉTICA
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?”.
(Mc 8, 34-36)

 Que tu vida tenga un carácter sacrificial, en unión con Cristo crucificado -Amor hasta el extremo-.

 Procura cumplir con perfección tus deberes de estado.

 Busca transmitir la Paz, don de Cristo Resucitado, y la alegría con que María inunda las almas de quienes ponen en ella su plena confianza.

 Cumple fielmente las leyes de la Iglesia en lo referente al ayuno y la abstinencia.

 Todos los viernes del año ofrece una mortificación por el Santo Padre y vive en esos días con espíritu penitencial.

  Evita todas aquellas costumbres contrarias a la sencillez de vida que nos propone Jesús en el Evangelio.

 Colabora generosamente, según tus posibilidades, a sostener económicamente a la Iglesia y a la Fraternidad.

 El Señor nos exhorta a dar limosna con espíritu de desprendimiento. Sin ella no es creíble el deseo de construir un mundo fraterno.

 Esfuérzate por vivir en espíritu de reparación  y de “ofrenda permanente al Padre”.

VIDA DE ASOCIACIÓN
“La muchedumbre de los que habías creído tenía un corazón y un alma solo y ninguno tenía por propia  cosa alguna, antes todo lo tenían en común”.
(Hch 4, 32)

 Participa en el Cenáculo semanal.

Esfuérzate en la entrega generosa a los demás, contribuyendo a crear un clima de fraternidad evangélica.

 La obediencia es uno de los fundamentos de la unidad. Considera como falta especialmente grave todo aquello (palabras, obras y actitudes) que pueda atentar contra la unidad.

 Mira siempre con ojos de fe a los superiores de la Fraternidad y préstales obediencia y colaboración, a ejemplo del Salvador “que sufriendo aprendió a obedecer” y con su obediencia nos rescató.

Pon máximo empeño en colaborar con la Virgen María n el cultivo de las vocaciones para la Fraternidad y para cualquier institución aprobada por la Iglesia.
Evita siempre actitudes sectarias y parciales que puedan dañar la unidad de la Iglesia de Cristo.

OFRENDA DE LOS MIEMBROS MILITANTES DE LA FRATERNIDAD

 Hermanos por el misterio pascual hemos sido sepultados por Cristo en el Bautismo, para que vivamos una vida nueva. Por tanto renovemos las promesas del Santo Bautismo, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras, y prometimos servir fielmente a Dios en la Santa Iglesia Católica.

Así pues:
 Sacerdote:
¿Renunciáis a Satanás, esto es:
al pecado, como negación de Dios;
al mal, como signo del pecado en el mundo;
al error, como ofuscación de la verdad;
a la violencia, como contraria a la caridad;
al egoísmo, como falta de testimonio del amor?
 Todos:
Si, renuncio.

 Sacerdote:
¿Renunciáis a sus obras, que son:
vuestras envidias
vuestras perezas e indiferencias;
vuestras cobardías y complejos;
vuestras tristezas y desconfianzas;
vuestras injusticias y favoritismos;
vuestros materialismos y sensualidades;
vuestras faltas de fe, de esperanza y de caridad?
 Todos:
Si, renuncio.

 Sacerdote:
¿Renunciáis a todas sus seducciones, como pueden ser:
el creeros los mejores;
el veros superiores;
el estar muy seguros de vosotros mismos;
el creer que ya estáis convertidos del todo;
el quedaros en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos, y no ir a Dios?
 Todos:
Si, renuncio.

 Sacerdote:
¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
 Todos:
Si, creo.

 Sacerdote:
¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?
 Todos:
Si, creo.

 Sacerdote:
¿Creéis en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
 Todos:
Si, creo.

 Sacerdote:
Que Dios todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos regeneró por el agua y el Espíritu Santo y que nos concedió la remisión de los pecados, nos guarde en su gracia, en el mismo Jesucristo nuestro Señor, para la vida eterna. Amén.

 Hermano/a: ¿Qué pides a la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina?

 Pido ser admitido en esta Fraternidad; y en unión con mis hermanos, yo N… me comprometo a llevar una vida cristiana más perfecta, mediante una vivencia progresivamente más consciente y profunda del sacerdocio real; viviendo mis compromisos bautismales, anunciando con mis obras y palabras “la Cruz y muerte del Señor”, hasta que Él venga, e imitando las virtudes de la Bienaventurada Virgen María.
Todo ello conforme a la Carta de Vida y al “Compromiso de los miembros Militantes” de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.

 ¿Te  comprometes, además, a trabajar sin descanso por la extensión del reinado de Cristo, mediante el reinado de María en las almas, y a construir un mundo más fraterno en el que todos los hombres encuentren la unidad con Dios y entre sí en la Iglesia Católica?
  Sí, me comprometo.

 La Fraternidad te recibe entre sus miembros.
Jesucristo Sacerdote eterno y María, Reina y Madre nuestra, te ayuden a perseverar en tus compromisos.
El Señor, te dé su Paz y un día nos reúna como a hijos suyos en la vida eterna.  Amén.



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"Se trata de establecer comunidades que, contemplando e imitando a la Virgen María, figura y modelo de la Iglesia en la fe y en la santidad, cuiden el sentido de la vida litúrgica y de la vida interior. Ante todo y sobre todo, han de alabar al Señor, invocarlo, adorarlo y escuchar su Palabra. Sólo así asimilarán su misterio, viviendo totalmente dedicados a Él, como miembros de su fiel Esposa".
Cf. Ecclesia in Europa, 27




Naturaleza y Finalidad
La “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” es una Asociación privada de fieles cuyo fin es fomentar entre sus miembros una vida cristiana más perfecta mediante la vivencia, progresivamente más consciente y profunda,  de las exigencias que se derivan del carácter sacerdotal, profético y real con que han sido consagrados en el santo bautismo los fieles que a ella se adhieren.

Espíritu o Carisma
El espíritu o carisma propio de la “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” consiste esencialmente en la vivencia cada vez más perfecta de las promesas bautismales, el amor filial a la Virgen María, la imitación de sus virtudes, y la extensión del Reino de Cristo mediante el reinado de María en las almas.

Objetivos
Para que los miembros de la “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” hagan más fácilmente realidad la finalidad del movimiento, todos por igual, de acuerdo con su propia condición de pertenencia:

● Han de cultivar y fomentar la vida de oración, la práctica y la vivencia de la Sagrada Liturgia, el culto de adoración a la Divina Eucaristía y la Reparación a los Sacratísimos Corazones de Jesús y de María. Y muy especialmente habrán de procurar la unión con Cristo “en sus dolores como el Cuerpo a la Cabeza”, “anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que Él venga”, y deseando hacerse con Él “ofrenda permanente” al Padre, por las manos de María.

● Profesando un amor tierno y filial a nuestra Madre, la Bienaventurada Virgen María, siguiendo el camino de infancia espiritual, procuran la imitación de sus virtudes en su vivir cotidiano, especialmente su fe, su humildad, su obediencia, su oración, su mortificación, su pureza, su caridad, su paciencia, su dulzura y su sabiduría. Llevan a la práctica y proponen a los demás cristianos la consagración a Cristo por medio de María, según la doctrina de San Luis María Grignion de Monfort, como medio eficaz para vivir fielmente los compromisos del santo bautismo.

● Cooperan con la Jerarquía de la Iglesia por medio ‘de la oración constante por el Santo Padre y por los Sagrados Pastores’, y trabajan en la obra de la evangelización, mediante el testimonio de la vida cristiana, el anuncio del evangelio, y el apostolado catequístico, juvenil y familiar.

● Se esfuerzan por servir al mismo Jesucristo presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños, en los pobres y en los enfermos para compartir y amar la Cruz.

● Conscientes de haber sido elevados a la categoría de hijos adoptivos de Dios, por los méritos de Jesucristo, nuestro Hermano y Salvador, su vida ha de estar impregnada de aquellas virtudes que engendran y afianzan la fraternidad cristiana. Es por ello que sus trabajos apostólicos irán encaminados a anunciar a todas las gentes el don del Padre a ser ‘hijos’ en el Hijo, y hacer efectiva su unión con Dios y con los hermanos en el seno de la Santa Iglesia Católica.

● Por ello los miembros de la “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” consideran  la misión ‘ad gentes’ – el anuncio de Cristo a cuantos todavía no han oído hablar de Él – como uno de los principales deberes que brotan de su propia espiritualidad.

● Y como es sabido que la vocación a la santidad “se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza también al presbítero como un ‘fiel’, como un ‘hermano entre hermanos’, inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los dones de la salvación y en el esfuerzo común de caminar según el espíritu siguiendo al único Maestro y Señor”, la “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” se constituye como lugar común  -en unidad orgánica- para los laicos, religiosos y sacerdotes que se comprometen a trabajar, personal y comunitariamente, en la realización de esa ‘común’ vocación a la santidad, según los distintos carismas y dones recibidos por cada uno de sus miembros.

● Ello no obsta para que no deje de tenerse en cuenta la existencia “de una vocación ‘específica’ a la santidad y más precisamente de una vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en virtud de una nueva consagración a Dios, mediante la ordenación”, lo que supone también un nuevo motivo de exigencia para aquél radicalismo evangélico al que por tal motivo está llamado todo sacerdote.



Miembros Laicos de la Fraternidad
“Ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos […]. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios […] Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”
Incorporados a Cristo por el Bautismo, los miembros laicos de la “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” están llamados a realizar las siguiente acciones:
a. Ofrecer toda su vida a Dios como sacrificio espiritual, a través de las manos maternales de María, cooperando con toda la Iglesia en la consagración del mundo.
b. Dar ante todos testimonio de la grandeza y de la fecundidad de la vida cristiana, haciendo que el Evangelio de Cristo resplandezca ante el mundo.
c. Trabajar por extender el influjo de Cristo en el orden temporal, actuando directamente en este orden por medio de la propagación del reinado de Cristo y de  María en las almas y en la sociedad.
Podrán ser miembros laicos de la “Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina” aquellas personas, que además de reunir las condiciones exigidas por el derecho común estén de acuerdo con el espíritu dela Asociación y las normas de sus Estatutos, se ofrezcan a colaborar activamente en la misma, y manifiesten expresamente su voluntad  de asumir los compromisos espirituales correspondientes a la clase de miembro asociado en el que piden ser incluidas.



Los miembros de la  Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina procuran vivir estrechamente unidos a Cristo Sacerdote que no cesa de ofrecerse por nosotros en el Altar, y a la Virgen Corredentora que ofrece a su Hijo y se ofrece Ella misma juntamente con Él, y que es Nuestra Madre en el orden de la gracia.
Conscientes de que por el santo bautismo han sido llamados a tomar parte en el plan de la Redención, haciendo de toda su vida un acto de culto a Dios, se ofrecen con Cristo al Padre por las manos maternales de María.
Los trabajos y las fatigas de cada día adquieren un valor sobrenatural inmenso cuando nos unimos al Sacrificio que Cristo ofrece al Padre diariamente en el Altar a través del ministerio de los sacerdotes.
Nuestras obligaciones diarias, el trabajo, la vida de familia, las relaciones sociales, nuestras luchas, esfuerzos y  dificultades, nuestras alegrías, enfermedades y sufrimientos... Todo ha de ser  orientado hacia la gloria de Dios y, todo ello ofrecido en  unión con Cristo por medio de María, adquiere un valor redentor para la salvación del mundo. Es así como nos transformamos en cooperadores de Cristo para la redención del mundo.
En la obra de la Redención se han implicado las Tres Personas de la Santísima Trinidad, asociando íntimamente a su obra a Nuestra Señora, Madre del Verbo Encarnado y Corredentora del mundo, con una misión única y singular. Nosotros no hemos sido dejados al margen, pues estamos llamados a ser cooperadores de Cristo en la renovación del mundo, orientándolo nuevamente hacia la gloria de Dios. Esto hemos de hacerlo "ofreciéndonos" juntamente con Él por las manos de María. Entonces, nuestra vida se verá fecundada y enriquecida de un valor sobrenatural y divino.
La Redención, fruto del amor infinito de Dios, se ha llevado a cabo mediante la entrega y la donación de Dios a los hombres. En Jesús y en María hallamos la respuesta al amor del Padre: ambos se entregaron hasta el 'extremo'. Eso mismo espera  Dios de cada uno de nosotros: una respuesta de amor y, por lo tanto, una entrega hasta el extremo de cuanto somos y tenemos. Es la lógica del amor redentor.


ORACIÓN

Oh Dios, Padre nuestro, te damos gracias por habernos dado a Jesucristo tu Hijo Único, nuestro Redentor, a quien constituiste Sumo y Eterno Sacerdote para gloria tuya y salvación del género humano.
Él, por su misterio pascual, realizó la obra maravillosa de llamarnos del pecado y de la muerte al honor de ser miembros de su Iglesia, estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su propiedad.
Te pedimos la gracia de vivir siempre conforme a la dignidad de la vocación de hijos de Dios.
Derrama, oh Padre, el Espíritu Santo que haga brotar en nuestros corazones disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Que llevando en nosotros la vida de Cristo, Sacerdote y Víctima, nos neguemos a nosotros mismos conforme a las normas del evangelio, y espontánea y libremente practiquemos la penitencia, arrepintiéndonos y expiando los pecados.
Concédenos permanecer unidos a Cristo y estar crucificados con Él para morir místicamente en la cruz y participar de su resurrección.
Danos, a ejemplo de tu humilde esclava la Virgen María, Corredentora del mundo, vivir con espíritu sacerdotal, consagrados a procurar tu gloria y la salvación de todos los hombres.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.


ORACIÓN

¡Oh Reina y Madre de misericordia, que dispensáis los favores con liberalidad de reina y amor de madre, hoy acudo a Vos, viéndome tan falto de méritos y virtudes y tan alcanzado en deudas con la divina justicia! Vos, Señora, que tenéis la llave de todas las misericordias, no os olvidéis de mi gran miseria, ni me dejéis en esta pobreza y desnudez. Siendo con todos tan generosa, que dais siempre mucho más de lo que os piden, sedlo también conmigo, protegiéndome y amparándome, que es todo lo que pretendo y pido. Si Vos me protegéis, nada temo.
No temo al demonio, porque sois mucho más poderosa que todo el infierno; no a mis pecados, porque me podéis alcanzar el perdón con sólo una palabra que digáis; ni aún temo la cólera del Juez airado, porque una súplica vuestra basta para aplacarle.
En suma: valiéndome de Vos, todo lo espero, porque todo lo podéis. Madre de misericordia, sé que vuestro gusto es favorecer a los desdichados, y sé que los protegéis, si de su parte no hay obstinación. Pues yo, aunque pecador, no me obstino, sino que propongo de veras enmendarme.
Vos me podéis ayudar. Ayudadme, pues, a recobrar la gracia y salvar mi alma. Hoy me pongo enteramente en vuestras manos clementísimas.
Inspiradme lo que tengo que hacer para agradar a Dios, que estoy resuelto a ponerlo por obra, y con vuestro favor espero que lo haré.
¡Oh María, oh María, Madre, luz, consuelo, refugio y esperanza mía! Amén, amén, amén.

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LA INTERVENCIÓN MATERNAL DE MARÍA EN LOS PRIMEROS PASOS DE LA FRATERNIDAD





El 25 de enero del año 1999, en la Archidiócesis de Santiago de Compostela, recibía su aprobación canónica como Asociación privada  de fieles la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.
Coincidían en tal fecha tres importantes y significativas celebraciones: la Fiesta de la Conversión del Apóstol San Pablo, el Año Santo Compostelano y el  último Año de preparación para el Gran Jubileo del año 2000, año dedicado a "El Padre celestial".
Quienes en aquellas fechas formábamos parte de la Fraternidad comprendíamos que era el Señor mismo quien nos hablaba a través de los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.
La aprobación canónica fue recibida por todos nosotros como una gracia inmensa, a través de la cual se reforzaba nuestro deseo y compromiso de vivir enteramente al servicio de la Iglesia y de los intereses de Jesús y de la Virgen: servir a la Iglesia y servir a nuestros hermanos mediante la extensión del reino de Cristo por medio del reinado maternal de María en las almas.
La Santísima Virgen nos conducía suavemente y nos ayudaba a redescubrir con novedoso estupor lo agraciados que éramos por nuestra condición de bautizados y miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
Ella, con maternal maestría, iluminaba nuestra almas, ilustraba nuestras mentes y enardecía nuestra voluntad, infundiéndonos un gran deseo de corresponder a la gracia inmensa de ser  hijos muy amados de Dios, redimidos y salvados por la muerte de Jesús, y verdaderos hijos suyos.
María nos hacía comprender que nuestra vocación cristiana era un gran don, el mayor de los dones que habíamos recibido, pero al mismo tiempo era también una tarea, un compromiso que estábamos llamados a llevar a cabo en íntima y estrecha unión con Ella.
Fue la Madre quien iluminó en cada uno de nosotros la conciencia de lo que significaba ser hijos de Dios, cooperadores de Cristo y miembros de la Santa Iglesia.  
Con torpes palabras para describir realidades tan sublimes, podríamos decir que nuestra Madre fue grabando a fuego en nuestros pobres corazones dos palabras llenas de vida: hijo y hermano. 
En esto reside vuestro ser y vuestro quehacer, parecía indicarnos con insistencia, en ser  y vivir como hijos y hermanos.
No se trataba de dos palabras, sino de dos realidades que son vida, y cuya vida tenía que desarrollarse en cada uno de nosotros, crecer más y más, para luego propagarse hasta el último rincón de la tierra.
Esta conciencia más clara y profunda de nuestro ser hijos y hermanos fue transformándonos interiormente hasta el punto de condicionar por entero nuestra forma de vivir y la orientación de nuestras vidas.
Sin duda alguna fue María quien nos enseñó a situarnos filialmente ante Dios nuestro Padre amorosísimo y providente, a unirnos enteramente a la Persona de Cristo y a su Oblación de amor, a confiarnos a Ella como esclavos de amor y  abrir fraternalmente nuestros corazones y nuestras vidas a nuestro prójimo.
Nuestra Madre fue haciéndonos ver que sólo había una forma para que nosotros pudiésemos colaborar en su plan y corresponder a esas gracias, que a través de Ella el Señor iba derramando en nosotros. Esa forma no era otra que vivir en unidad familiar, a semejanza de la Trinidad Beatísima y de la Familia de Nazaret, cuyo eje de unidad y de expansión no es otro que la Caridad.
Aquellos primeros años fueron tiempos de gracias inmensas derramadas por Dios en nosotros a través de las manos maternales de María. 
Por nuestra parte, pobres vasijas de barro, fueron tiempos de asombro y temor; tiempos de lucha interior, de confianza y de abandono, de escucha y de búsqueda.
Al tiempo que veíamos los brazos maternales de María abiertos para protegernos y abrazarnos, sentíamos el vértigo de lanzarnos tambaleantes a dar los primeros pasos corriendo hacia su regazo maternal.
Desde el primer momento Ella nos hizo ver muy claro que la razón de nuestra existencia como Fraternidad sólo tenía sentido naciendo, creciendo y viviendo en la Iglesia, con la Iglesia y para la iglesia. De esta forma la Madre nos ponía a resguardo de ceder a cualquier tentación de arrogancia o de sectarismo.
Éramos conscientes de que no se trataba de levantar una obra nuestra, sino de entregarnos a Ella y colaborar con Ella para que, a pesar de nuestra pobreza e incapacidad, la Madre realizase su obra en nosotros y a través de nosotros.
Por pura gracia nos fue dado vivir tiempos maravillosos en los que nuestra Madre nos reunía en torno a Jesús Eucaristía. De Ella aprendíamos a adorar, a escuchar, a meditar y a guardar  en nuestros pobres corazones cuanto contemplábamos en las palabras y en los ejemplos de Jesús.
Nuestro amor y nuestra entrega crecía de día en día. Por supuesto que no se trataba de un amor ni de una entrega perfectos, pero sí sinceros y siempre deseosos de una mayor perfección en el amor.
Ser Fraternidad, en torno a María y de la mano de María, suponía para cada uno un deseo ardiente de dar pasos muy concretos en la asimilación de las principales virtudes de nuestra Madre: su humildad profunda, su fe intrépida, su esperanza viva, su caridad ardiente, su oración constante, su austeridad y mortificación, su dulzura y su alegría, su generosidad sin límites y su amor tiernísimo hacia todos sus hijos, especialmente hacia los pobres pecadores, hacia los más pobres y abandonados, hacia los más ignorantes, hacia los enfermos y sufrientes, y también hacia los más pequeños.
Ella nos infundía a cada momento la aspiración a hacer realidad en nuestras vidas aquél propósito y súplica que antes Ella misma había infundido en el corazón de muchos otros hijos suyos: "Madre, que quien me mire a mí, te vea a Ti".
¡Sería imposible relatar cuánto la Madre fue infundiendo en los corazones de aquellos primeros miembros de la Fraternidad!
¡Sería imposible describir la dulzura de su tacto, la suavidad de sus enseñanzas, la atracción irresistible de su presencia en medio de nosotros, la paciencia infinita con que nos sostenía y guiaba a pesar de nuestras torpezas y miserias!
¡Jamás será posible relatar su forma y sus maneras de ejercer con nosotros su ser de Madre Dulcísima y Reina misericordiosa!
El Señor la eligió para ser Madre y Maestra de los redimidos, y aún de todos los hombres.
Todos y cada uno de los primeros miembros de la Fraternidad podemos dar firme testimonio de cómo sólo Ella es la única que nos puede conducir hasta Jesús. Sólo a través de su acción maternal el Espíritu Santo obra en los elegidos el prodigio de asimilarlos a Cristo, conformarlos con Cristo y transformarlos en imagen de Cristo.
La Madre no elige santos, sino pobres pecadores para transformarlos en santos. 
Sólo María es Reina de los corazones, por lo que sólo María, Esposa e instrumento del Espíritu Santo, puede ir moldeando con precisión divina y con paciencia infinita los corazones de aquellos que por medio de Ella Dios llama, reúne, forma y envía.
¡No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu nombre da la gloria!
¡No a nosotros, Señor, no a nosotros sino a tu Santa Madre María sean dados el honor y la alabanza por los siglos!
En nombre de aquellos primeros miembros fundacionales de la Fraternidad y unido a cada uno de ellos como un sólo corazón y una sola alma renuevo nuestro mayor anhelo y súplica: ¡Somos enteramente tuyos Reina nuestra y Madre nuestra, y cuanto tenemos tuyo es! ¡Haznos enteramente tuyos en el tiempo y en la eternidad, Madre Dulcísima y Reina de Misericordia! ¡Todo lo esperamos de Ti omnipotencia suplicante, Madre de Dios y Distribuidora universal de todas las gracias!
P. Manuel María de Jesús

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